Durante las crisis económicas y la eterna, injusta y
desigual distribución de la riqueza especialmente en países en vías de
desarrollo, como El Salvador, la mayoría de América Latina y algunas de África
y Asia, las clases sociales antagónicas son las que más crecen.
Desgraciadamente es así, los gobiernos se ufanan de que el
bienestar llega a más familias, pero lo que no aclara es que esas familias
pertenecen a las clases media, media alta y alta; jamás a las que viven en
pobreza, y mucho menos las que están en pobreza extrema o relativa.
Por el contrario, estas dos últimas son las que más crecen,
pues apenas sobrevive con las migajas que reparte el gobierno y lo que rebalsa
del vaso lleno de las familias económicamente poderosas.
Para muestra un botón, la Encuesta de Hogares de Propósitos
Múltiples (EHPM), del Banco Central de Reserva (BCR), revela que la pobreza
extrema en El Salvador aumentó de 588,917 personas en 2023 a 610,272 en 2024,
un incremento de más de 21,300 personas.
Sin embargo, la edición de 2025 detalla que 504,320
salvadoreños todavía viven en pobreza extrema, a pesar que se redujo en 105,952
respecto del 2024; es decir son personas cuyos ingresos no les alcanza para
cubrir la básica alimentaria.
No obstante, la cantidad de personas en pobreza relativa se
redujo en 156,453 en 2025, para situarse en 1.04 millones. En esta categoría se
incluye a quienes no tienen ingresos suficientes para adquirir una canasta
básica ampliada.
Aunque la pobreza relativa también mostró una leve disminución,
según la EHPM, la pobreza extrema refleja un deterioro en los grupos más
vulnerables, afectados por el aumento del precio de los alimentos y la escasez
de empleos formales, que sigue siendo una de las principales deudas de este
gobierno.

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